




Desde el viernes tengo esta canción pegada en la cabeza. Temazo.
Hace algunos días asistí a un toque de Señorita Carolina. Compartió escenario con Ignacia y Paula Maffia. Su voz y su guitarra me encantaron. En vivo suena potente y melancólica. Me gustan las frontwoman. Me gusta Señorita Carolina.
Visiten myspace.com/srtacarolina y denme la razón.
Modelo, diseñadora, cantante y ahora actriz. Española, aunque nació en Roma el 1 de octubre de 1975. Nieta del torero Dominguín y de la actriz Lucía Bosé, y sobrina de Miguel Bosé. Musa del diseñador David Delfín y frontwoman de The Cabriolets. Esposa de Diego Postigo y madre de Dora Postigo. Andrógina a rabiar, musa descarada y descarnada, y nuevo talismán de la modernidad española, esa que nació y sobrevive en la periferia del universo Almodóvar. www.myspace.com/bimbabose Una característica que denota a mi generación y a las que le siguen, según yo, es que somos exagerados, exageradísimos. Usamos y abusamos de la hipérbole como un antídoto que muchas veces cura, muy efímeramente, nuestro insuficiente lenguaje para explicar, como debe ser, las emociones que nos despiertan ciertos eventos, sucesos y objetos, llevándolos, en retrospectiva, a convertirlos en una anécdota más bien simplona. Aunque vivamos sumergidos en un mundo con una anchi-larga escala de grises, los extremos pululan en nuestra conversaciones. La fealdad más monstruosa y la belleza sublime, la nada más anoréxica y la totalidad más obesa, lo peor y lo mejor trascienden toda justa medida. La palabra “odio” se encarga de transmitir cualquier desafecto por más llano que sea, mientras que “amor” cualquier cosa que nos guste, agrade o nos pique el ojo, desterrando al “querer” y al "gustar" al desuso y al más terrible de los olvidos.
Las palabras ya no significan lo mismo. Los conceptos se han erosionado, no conservan su carga semántica. Y a cada instante le hacemos faltas al idioma gracias a nuestros frenéticos exageramientos (si, exageramientos y no exageraciones).
Sospecho que ahí, justo ahí radica el éxito de ciertos cíclopes del marketing que apuntan a la clase media abreviando en infalibles fórmulas las expresiones humanas. Como me has escuchado decir que amo un cenicero, que amo una canción, que amo como suena el carro de mi vecino cuando está entrando al estacionamiento, que amo una hora del día y que le declaro #amor a todos mis followers, no puedo expresar que te amo con la misma palabra, o por lo menos no solamente con eso. Requiero de diferentes artilugios, comprados, facturados y pagados para poder darle real significado a esa palabra. Por ello una película y un día que ya casi es, quieras o no, hasta fecha patria ¡Feliz día de San Valentín!

“Amo” el look de los tempranos noventa (traducción puritana del look de los ochenta)

“Amo” las revistas (las de celebrities y sus estilos de vida más)

“Amo” ver las competencias de nado sincronizado (sobre todo cuando compiten los equipos de Europa del este)
No se dónde dejé la memoria. No se si se me perdió. El hecho es que no tengo mucha y por eso solo pude grabar este poquito de la presentación de The Cranberries el sábado 6 de febrero en el Luna Park, Buenos Aires.
Mucho se ha hablado de la publicidad argentina. De lo genial que suelen ser, de los Cannes que se ganan todos los años, del desparpajo, del humor y de lo cercanas que nos parecen. Nos identificamos con el comercial de lavaplatos tanto como con los de la nueva camioneta familiar, los condones y las toallas sanitarias. Esperamos con ansias los comerciales de verano y cada 2 de 3 son temas de conversación. Y si, son súper creativos, cómicos, raros, diferentes, pero creo que todo los aplausos no se los merecen únicamente las agencias de publicidad, sus directores creativos o los directores de arte. Creo que también, en parte, el éxito de la industria publicitaria en Argentina es gracias a los clientes que ven a los creativos como profesionales en los que confían la imagen de sus productos, que aceptan las ideas sin chistar, que se arriesgan sin subestimar el coeficiente intelectual del público, que se atreven a hacer cosas diferentes y no siguen perpetuando la comprobadísima fórmula del escote pronunciado y la utilización, incomprensible, de los protagonistas de la culebra de las nueve. A esos clientes, a los que tienen más de dos dedos de frente, a los que gerencian y no manejan sus empresas como quincallas de pueblo, a los que saben que no se las saben todas también hay que aplaudirlos, por su contribución a una industria que nos entretiene y nos hace pensar a todos.
*Porque me gustan los espacios públicos.
En los ochenta, Louise Hay, varias astrólogas catódicas, autores de audiolibros y un extravagante y bastante incierto pack mercadeable para elevar el autoestima, desinfectar el aura, curar las jaquecas crónicas y hasta eliminar la presbicia con agua mineralizada, iniciaban un interesante e inspirador movimiento a modo de resplandor con olor a sahumerio: el new age. Se preanunciaba el inicio de “la era de Acuario”, supuesto temporal repleto de armonía, fraternidad, transparencia y un punto de vista más espiritual de la vida. Al fin y al cabo el cometa Halley pasó en el 86 sin cumplir sus apocalípticas promesas, la guerra fría enfrió las bombas nucleares y Nostradamus pasó a ser protagonista de chistes de salón en fiestas trasnochadas. Lo único vinculado al desastre eran las Garbage Pail Kids para quienes sabían que el mayo francés no fue un crucero primaveral por Cannes ¡Fin de mundo!
Pero aquella esperanza de pronto murió, o mejor dicho, pasó de moda. ¿Quién la mató? ¿Los ecologistas y sus prédicas urgentes? ¿Al Gore y sus incómodas verdades? ¿Dreamworks? ¿Horangel? ¿Terminator? ¿Colin Powel? Como sea, la idea del fin de los días, de la culminación colectiva y catastrófica es más vieja que el Armagedón bíblico ¡Pero ahora apareció la versión de los Mayas!, que hace 3.000 años hicieron un calendario que se corta, sin motivo aparente, en el 2012. El gran detalle ha desatado miles de lecturas posibles, ninguna optimista, por supuesto. El colapso global y el histerismo globalizado pisotearon a Acuario y la zozobra se hizo religión con más fanáticos que fieles. Hollywood hizo misa y la celebró por todo lo alto -con efectos especiales, 3D y sin escatimar en pirotecnia-.
Pero el mundo tembló y tembló fuerte, en Haití, una y mil veces (89 para ser exactos), conmoviendo a todos con una de las más dantescas tragedias habidas y no sabemos si por haber. Europa se muere titilando de frío y América del sur se ahoga en un opresivo calor. Por un lado sequía y por el otro cántaros. Un nazi se hizo representante de Dios en la tierra y la masa hierve en aplausos para una cantante que se desangra en escena. Para algunos “demasiadas señales” del fin de los días. Para otros no es más que un ciclo, es decir, nada que no haya pasado ya. Y para muchos otros parece haber otras cosas más primordiales que el fin del mundo.
Detesto limpiar y ordenar, lo que no me hace una persona antihigiénica. Simplemente creo que hay individuos que se dedican a esta valiosa y valiente tarea y no quiero robarles su puesto de trabajo, pero mientras me establezco económicamente para poder contratar los servicios de un especialista en el área del mantenimiento doméstico, hago las veces de un Tony Danza moderno y práctico. Para ello, para enfundarme en el papel de un mariscal en batalla contra el polvo, bacterias y otras inmundicias, requiero de un ambiente musical que haga más creíble la escena. Por eso, este y los domingos que vienen, publicaré algo de lo que escucho durante las labores de ser mi propia mucama.