Señores de la aerolínea Taca,
Les escribo para formalizar mi reclamo por los eventos que comenzaron a ocurrir la tarde-noche del lunes 27 de diciembre en el Aeropuerto de Ezeiza, Buenos Aires y que afectaron y perjudicaron mi viaje.
El pasado 6 de octubre compré un boleto para encontrarme con mi familia (proveniente de Caracas) en la ciudad de Bogotá, donde pasaríamos las fiestas de fin de año. El vuelo de Taca, empresa recomendada por mi agente de viajes en Buenos Aires y hasta por compañeros de trabajo, saldría vía Lima a las 6:05 pm del 27 de diciembre, para luego embarcarme, poco más de cinco horas después, hacia Colombia. Itinerario de vuelo que aproveché para planear una reunión de trabajo el martes 28 con mi corresponsal en Colombia –persona que reacomodó su agenda para repautar su viaje a Cartagena, donde se iría a pasar sus fiestas de año nuevo-.
El avión no salió porque, según explicaron, el arrancador del motor dos estaba malo –cosa que agradezco hayan detectado en tierra-. Nos bajaron del avión, y al cabo de tres horas y muy poca información –si no demandabas datos acerca del muy incierto futuro próximo, nadie daba una respuesta convincente y/o coherente- me llevaron a mi y al resto de los pasajeros al Hotel Emperador. Luego de hacer el respectivo check in y de ofrecernos una apurada y poca afortunada comida que no alcanzó el status de cena, nos informaron que debíamos estar a las 4:30 am en el lobby para que luego de hacer el check out, llevarnos a Ezeiza y salir a Lima en un vuelo programado para las 8:00 –La casi inexistente información hacía que algunos especularan que saldría a las 7:30-.
Luego de dormir 3 horas y media, estuve listo y presto a la hora acordada. Reagendando mi reunión en Bogotá un par de horas más tarde, las molestias causadas por los trabajadores de Taca –y por la misma línea aérea- comenzaron a acumularse cuando a las 6:45 de la mañana más de 60 pasajeros seguíamos en el Lobby del hotel esperando ser trasladados en vehículos de cuatro puestos ¿Insólito? ¡Si! –pésima decisión gerencial la de no conseguir un medio de transporte comunal o de no contratar una línea de remises en una ciudad donde pululan los medios de transporte-. Sobre todo porque la noche anterior había ocurrido exactamente lo mismo, pero en dirección contraria. Por supuesto los ánimos comenzaron a caldearse cuando la única persona que daba la cara por la aerolínea utilizaba como única respuesta la muy pobre expresión “No es mi culpa, mi jefe no me atiende”.
Con miedo de perder el vuelo, varios pasajeros molestos, entre ellos yo, decidimos tomar taxis particulares y pagar de nuestros bolsillos el traslado a Ezeiza –más de tres horas de espera no fueron suficientes para que Taca nos transportara, bastante cínico el asunto tratándose de una empresa de transporte-.
Llegué a Ezeiza exactamente 14 horas después de que me bajaron del avión, vestido con la misma ropa con la que me habían bajado del avión, pero ni con la mitad de la tolerancia con la que me había bajado del avión. Luego de recibir esquivas respuestas por parte del personal de Taca y hasta malhumoradas contestaciones –cuando el malhumorado era yo y el resto de los viajeros accidentados- me entero que el avión saldría a las 10 am y que en Lima tendría una escala de nueve horas, nueve largas y valiosas horas ¿Para qué me hicieron estar listo 5 horas y media antes? ¿Todo esto era un experimento para ver cuánto podíamos aguantar?
Inciso: Nueve horas es más que la jornada laboral en occidente. En nueve horas se hace un trasplante de riñón, una operación a corazón abierto y se separan unos siameses. En nueve horas iba a Bogotá, luego volaba a Caracas y me devolvía con una sonrisa en la cara. En nueve horas he podido tener cerca de seis reuniones como las que iba a tener ese mismo día en Bogotá y que no pude tener por los contratiempos causados por su línea aérea…
La poca –o mucha- gracia que le hacía a la señora que me atendió, le hizo responderme –sin mirarme siquiera a la cara- con un infeliz “lo siento, estamos en temporada alta”, cuando le conté que debía llegar ese mismo día a Colombia. Luego me informó –no de motu propio, yo la tuve que cuestionar al respecto- acerca de un vale de 400 dólares para “resarcir” el daño ocasionado. Vale para ser utilizado en la misma aerolínea como si en ese momento me quedaran ganas de pronunciar siquiera el nombre de esta empresa y como si eso fuera suficiente para irme a celebrar en una esquina del aeropuerto en medio de mi trasnocho –y mis hedores- por la vejatoria limosna que acababa de recibir.
Inciso: Sepan ustedes que un día de mi vida vale mucho más que 400 dólares… Y no porque yo sea o me considere especial, sino que un día de la vida de cualquier persona vale mucho más que ese cartoncito que ofrecieron como símbolo de disculpas. Ejemplo: Una terapia de reanimación cardiaca o una inyección de Quimioterapia pueden alargar la vida un día –o menos que eso- y cuestan mucho más que un vale de 400 dólares. Lo que para ustedes es un “mísero día” –calificativo que le otorgaron a mi pérdida con ese defraudador chequecillo- para mi significaron muchas, demasiadas pérdidas.
Respiré profundo, esperé, embarqué y seguí esperando porque el avión a Lima, con toda la seguidilla de retrasos y malas contestaciones, despegó con 45 minutos de retraso. La guinda de un pastel agrio y casi venenoso.
Llego a Lima y en medio de mi casi eterna espera me entero que tres horas antes de que saliera mi vuelo hacia Bogotá, Taca operaría otro vuelo con mi mismo destino. Avión en el que no me iba a montar porque ustedes así lo decidieron, porque prefirieron seguir haciendo esperar anulando todos nuestros compromisos, desdibujando todas nuestras razones, disminuyendo todos nuestros quehaceres y, como para agregarle más males a esta película de terror, contestaron groseramente que no podían ayudar: “su vuelo es a las 9:45… No podemos hacer nada, ya se lo dijimos”, con un tono de voz con el que se suele decir “jódete”.
Finalmente embarco el vuelo que saldría a las 9:45 de la noche hora Lima, es decir 29 horas después de que me bajé del primer avión. El vuelo terminó despegando 50 minutos más tarde, si, cincuenta minutos, que no representan tanto si se le ve aisladamente, pero que suman una eternidad al engolosinado maltrato y desproporcionado retraso que ya tenía.
Fue el miércoles 29 de diciembre a la 1: 30 de la madrugada -3:30 hora Buenos Aires- que por fin pisé suelo colombiano. Es decir, de Buenos Aires a Bogotá tardé poco más de 33 horas, día y medio que quizá se hubiese pasado rápido si hubiera sido tratado con la humanidad que necesita un pasajero que lleva 33 horas viajando.
Espero que esta triste y penosa historia sea leída con la seriedad que merece, y así como contestaron mis tweets de reclamo, puedan darme respuesta y solución… Pero sobre todo mejoren la selección de su personal y sepan gerenciar este tipo de evento que, seguro estoy, no es la primera vez que les ocurre.
Saludos -no sé si cordiales-.
Juan Pablo Fernández-Feo C.
*FOTO: Tomada en la puerta del Hotel Emperador de Buenos Aires (28.12.10). Pasajeros víctimas de una trágica gerencia.