Soy lo que pienso aunque deje de pensar

Como me considero producto, o hijo predilecto, de una generación que diariamente se legitima ovacionando el hecho de que vivimos en una sociedad que se ha construido a partir de la euforia colectiva y puros signos de exclamación –muchos más que de interrogación-, todo lo que tenga que ver conmigo mismo y los que me rodean, me interesa de sobre manera. Echar un ojo pellejo adentro es una tarea placentera que me emociona y muchas veces se convierte en el único ejemplar que mi mente selecciona, no solo en momentos de ocio, sino también en situaciones de extrema lucidez. A diario me recreo pensando en cómo reaccionaría ante tal o cual situación, y los primeros y virginales pensamientos que se me ocurren pueden, casi siempre, lucir ante los ojos de terceros como alocados y sin sentido, pero para el banco de mis ideas suenan no menos que lógicos y acertados.

Todo esto lo traigo a colación porque hace un tiempo me entretuve con un empírico y muy racional artículo de la revista Selecciones. El mismo afirmaba que no es sino hasta nuestro día 42 como embrión que el cuerpo crea la primera neurona. Desde ese instante y por los cuatro siguientes meses, el cuerpo produce 9.600 neuronas por segundo para completar un impresionante total de 100 mil millones de neuronas. Una vez completado el cerebro, el cuerpo espera hasta los 60 días antes de nacer para activarse y disparar axiomas como loco para crear sinapsis, que son los enlaces entre neuronas que nos permiten pensar. Cuando cumplimos 3 años de vida, ya nuestro cerebro logró más de 1.500 millones de las fulanas conexiones sinápticas.

Afortunadamente, digo yo, para cuando estamos en plena pubertad, hemos perdido más o menos la mitad de esas conexiones. Y digo afortunadamente porque, si no, nunca tomaríamos una decisión en nuestras vidas. Quizá la decisión sería la más indicada, pero tardaríamos siglos pensando en cada una de las opciones que zigzaguean por nuestra psique. Tendríamos una memoria de elefante. Pasaríamos toda nuestra vida dándole millones de soluciones posibles a un mismo problema. Las cosas con las que nos reímos por tener doble sentido, quizá nos amargaran la existencia porque tendrían más de diez sentidos. El mundo sería más objetivo que un reloj con máquina suiza, y realmente si yo en la actualidad, con esta escasez de neuronas, invierto una cantidad de tiempo grosera para decidirme entre una Prosciutto funghi y una quattro stagioni, no me quiero imaginar si tuviera el doble de células que complicarían enormemente esta cotidiana elección.

Culminada la lectura del vigoroso escrito entendí que hay que tenerle confianza a las maneras primarias de pensar. Esas que son de lo más común para nosotros mismos, que algunas veces avergüenzan y provocan en la gente comentarios tipo: “no sé cómo lo haces” o “cómo se te pudo ocurrir algo semejante”. Esos pensamientos sin precedentes que nacen del alma y que verdaderamente definen, neuronas más, neuronas menos, quienes somos realmente.

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